Sana

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Él, mi padre
huele a jugo.
A mora servida
en el comedor.

La manecilla
del reloj apunta
al refresco.
Estoy ahí; me siento.
Concentro mis dedos,
desato los nudos del cordón,
en mis sucios y agotados
zapatos.
De pronto, la fruta sólida
hecha líquido se ha regado.
Mis oídos se agudizan
con mis gritos de dolor.

Mi nariz bloquea el olor
a sangre, se expande
en golpes de hombres
vestidos de maldad.

Frente a él,
desahogaron su dolor.
Luxan mi libertad
mi hombro está roto,
la rótula dislocada.

Una patada
llego de la nada,
dañó ligamentos, fibras; rompió
mi conexión.

Inmóvil estoy; grito fuerte
y nadie escucha.
La distancia,
llamada indiferencia,
está más lejos que la piedad.
Ellos me obligan.
Quieta suplico en silencio.
Sin cerrar nunca los ojos,
observo.

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