Dado de los Sentidos

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Alguna vez
conocí a alguien
de tierras cálidas,
comía y hablaba demasiado.

Su boca y lenguaje
requerían constante hidratación,
además de jugar con las palabras,
sabía usar el tántrico
de la zona de perdón.

Poco conocí de su tacto,
lejos estuvo de mi contacto.
Mediante la salivación,
la deglución y el lenguaje
entendí el sabio sentido del gusto.

Su cuerpo no trasmitía
lo mismo que su boca.
Para conocer más,
debía masticar, mezclar, triturar
hasta encontrar
el verdadero sabor de su picante.

Su órgano me conectaba
con su interior,
aunque su voz
y tono, con el silencio.

Sus dedos escalaban
el movimiento de mi boca,
la mandíbula y las mejillas,
flexibles a su juego.

Sus labios,
con numerosos receptores,
juzgaban la temperatura
y textura disipada.

Me habló cientos de palabras,
aun eternas en mí.
Enredó con su lengua todo lo que
pudo y con la saliva obtuvo todo
lo que quiso, también.

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